sábado, 21 de abril de 2018

Dinamarca también se cierra a la inmigración.


La decisión de confiscar bienes a partir de un tope de Suecia y Dinamarca, junto con la más drástica resolución noruega de obligar a los refugiados a regresar a su país a través de su frontera del ártico, vienen a cuestionar los valores con los que se abanderan estos países de justicia social y respeto por los derechos humanos. No cabe duda de que son ejemplares en cuanto a políticas de redistribución que han simbolizado además un rumbo para la socialdemocracia europea, pero los desencuentros de las últimas fechas vienen a cuestionar si los modelos de bienestar de estos países siguen optando a ser universales. Lo que se dice en Hamlet en el Acto 1, el célebre “algo huele a podrido en Dinamarca” (“Something is rotten in the state of Denmark”) bien podría servir para designar el giro cuyo hedor hacer revivir, salvando las distancias, otras incautaciones de infausto recuerdo.

Apoyo ley migrante en Dinamarca.

Una cuestión que deviene necesario analizar es si estas medidas obedecen a una respuesta circunstancial y excepcional ante la actual crisis humanitaria o si radican en posturas ideológicas y medidas anteriores a la misma. En el caso concreto de Dinamarca puede decirse que la trayectoria de políticas restrictivas tanto con refugiados como con inmigrantes viene de tiempo atrás. Este país posee características especiales que lo diferencian de otros europeos, aunque son en gran medida compartidas tanto con Suecia como con Noruega. En primer lugar, cuenta con una población bastante homogénea tanto étnicamente como en el plano religioso –el 80% de la población son luteranos–. Esto se debe a que hasta hace poco no era país receptor de inmigrantes y a que, frente a otros estados europeos como Francia o Reino Unido, no participó de forma directa en el colonialismo.

En segundo lugar y como se venía mencionando, es un referente en cuanto a políticas del estado de bienestar y cuenta por tanto con una trayectoria de medidas económicas redistributivas a las que acompaña un mercado laboral bastante regulado. La socialdemocracia logró que se llegara a un gran pacto entre los sindicatos, la patronal y el estado que, aunque deja márgenes de actuación a todas las partes, sirve a un consenso. Aquí, y de nuevo en comparación con otros estados europeos, cabe mencionar los efectos que esto tiene en el mercado laboral, con un salario mínimo elevado fruto de negociaciones colectivas y una apuesta por los puestos de alta cualificación, lo que tiene consecuencias para la integración.

Evolución de la política migratoria danesa
Dinamarca pasó de ser un país de emigrantes a uno receptor de inmigrantes a finales de los años 60, y la cifra de estos fue aumentando en las siguientes décadas acompañada, especialmente en los años 80, de una progresiva mejora de la situación de estos en el ámbito legal. A pesar de que en épocas de recesión existía cierto recelo con los migrantes por trabajo, se facilitó la reunificación familiar y se elaboró un marco legal que buscaba, a través de la asistencia social, la integración de estos. En concreto en 1983 se aprobó un paquete de medidas con la única oposición de la extrema derecha, que transformaba la anterior, y cerrada, política migratoria danesa, en una liberal, que procuraba la integración frente a la anterior postura de asimilación o expulsión. Aunque se introdujeron medidas restrictivas en los años noventa, Dinamarca acogió numerosos refugiados de la Guerra de los Balcanes. Entre 1998 y 2000 el número de solicitantes de asilo estaba por encima del de la Europa de los 15 y el número de casos de reconocimiento de asilo superaba a su vez la media de la OCDE (Datos de Denmark Country Report 2007).

No cabe duda de que la medida recientemente aprobada en el parlamento danés de confiscar los bienes de refugiados a partir de las 10.000 Coronas (unos 1.450 $), ha sido polémica y ha recibido críticas tanto dentro como fuera de Dinamarca. No obstante, no debiera olvidarse el auge de la extrema derecha en muchos países europeos en los últimos años, para los que esta decisión puede haber significado un camino a seguir. A la incautación de bienes, le acompaña una medida que pretende limitar la reunificación familiar endureciendo los requerimientos, y que sitúa en 3 años el tiempo de espera para empezar a solicitar la residencia permanente. El portavoz del gobierno, Jacob Jensen, del Partido Liberal que gobierna junto con el PPD, justificaba la medida como una decisión ineludible ante la falta de armonización de políticas a nivel europeo. Y advertía que la ausencia de compromisos comunes y acuerdos en la crisis de refugiados llevará a medidas unilaterales que si bien pueden considerarse poco solidarias son, a su juicio, necesarias para la asimilación de unos flujos tan grandes de población en tan poco tiempo.

El ala de extrema derecha del gobierno, el Partido Popular Danés, no desmiente que se trata de una medida que busca disuadir a los refugiados de ir a Dinamarca. Lo que debiera sorprender de esta decisión es que entre los 81 votos a favor de la medida encontramos al primer partido de la oposición, el Partido Socialdemócrata, que es además el primero en escaños de la Cámara, con 47 asientos – y el 26.3% de los votos –.

Como Venstre (el Partido Liberal), los socialdemócratas basan su decisión sobre el standby en lo relativo a la armonización de políticas a nivel europeo, lo que vendría a justificar las medidas unilaterales y disuasorias aprobadas en el Parlamento. Entre otros, se cuestiona la validez del Reglamento de Dublín II tras el fallo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos el 21 de enero de 2011. En la sentencia M.S.S. frente a Bélgica y Grecia, el Tribunal se posicionaba en contra de la devolución de los solicitantes de asilo al primer país de la Unión Europea al que han accedido, que tendría que ser el responsable de tramitar las solicitudes en virtud de Dublín II. Asimismo, el Tribunal se pronunciaba a favor del demandante, un ciudadano afgano que trabajaba para la OTAN y que huía de un ataque talibán en Kabul. Desde Grecia, habría viajado a Bélgica donde solicitó el asilo y desde donde fue devuelto al país heleno. Junto con la falta de consensos, esta decisión que abre una línea jurisprudencial, sirve de argumento a estos partidos que temen que Dinamarca se convierta por sus políticas redistributivas y asistenciales en un imán para los refugiados que, ante la imposibilidad de una efectiva integración, ‘desvalijen’ el sistema de bienestar.

Este cambio de parecer no solo obedece a la correlación de fuerzas de la derecha danesa, sino al triunfo de un discurso hegemónico que no ha encontrado prácticamente resistencia entre las principales fuerzas políticas de centro-izquierda. El tema de la inmigración había sido central para el partido de extrema derecha Fremskridtspartiet desde su fundación en 1972, pero su importancia en la agenda política danesa era secundaria para el resto de fuerzas, tanto a nivel discursivo como programático. En 1995 tiene lugar una escisión dentro de este partido y los principales líderes siguen a Pia Kjærgaard en la fundación del nuevo Partido Popular Danés, logrando así escapar de las disputas internas del anterior partido. El PPD comienza su historia con un liderazgo firme y bien valorado.

La cuestión migratoria privilegiada en la agenda política
Desde sus inicios, el PPD busca en su estrategia desmarcarse de las conexiones con partidos neonazis que poseía el Fremskridtspartiet del que era una escisión, aunque hace de la cuestión migratoria un asunto central. Ello se debe en parte a que sus líderes son conscientes de que desde 1994 se había roto el consenso sobre inmigración y asilo en el debate parlamentario sobre la pérdida de asilo de los bosnios. La importante llegada de refugiados de la Guerra de los Balcanes y el cambio de posicionamiento de los dos partidos de centro-derecha –liberal y conservador– con respecto a la concesión de asilo, entreabren un nicho en la arena electoral a la extrema derecha. En las elecciones de 1998 el PPD logra un 7.4% de los votos y hace que Venstre –liberales– y el Partido Conservador anoten este tema como un problema central en su agenda.

En las elecciones de 2001 y tras una campaña en la que las fuerzas de derecha lograron dar protagonismo a la política migratoria, quedan Venstre como primera fuerza y el Partido Popular Danés como tercera con un 12% de los votos, y se forma una gran coalición entre los partidos liberal y conservador y la extrema derecha, el PPD. Hasta entonces, estos dos primeros habían pactado con el Partido Social Liberal, que había hecho las veces de tope a las restricciones en materia de política migratoria, pero al haberse coaligado éste para formar gobierno en las anteriores elecciones con la socialdemocracia, quedaba fuera como candidato para la nueva gran coalición de la derecha; sin este tope el centro-derecha tenía prácticamente carta blanca para tomar medidas limitativas en esta materia.

Entre los principales ámbitos afectados quedaron la reunificación familiar, para la que se impusieron nuevos requisitos, y las ayudas: gran parte del discurso de la derecha en contra de la inmigración gravitaba en torno a la cuestión de la asistencia social, por considerarse que ésta desincentivaba la inserción en el mercado laboral. En realidad, la discusión acerca de si la integración debía realizarse a través del mercado laboral o con ayudas llevaba ya tiempo encima de la mesa y enfrentaba al centro-derecha con los sindicatos, y a estos con parte de la izquierda. El PPD supo utilizar esto en su diatriba, aludiendo a ratos al peligro que suponía para el estado de bienestar la inmigración, y en otros haciendo referencia a la pérdida de empleos que supone para los daneses.

El comienzo y crecimiento del PPD como un actor político determinante en Dinamarca viene acompañado de tres procesos que benefician a, y de los que se sabe beneficiar, la extrema derecha danesa. En primer lugar y tras un pequeño aumento del desempleo en los años 90, comienza a triunfar un discurso nacionalista y utilitarista que viene a sustituir al humanista de años anteriores. La supervivencia de los estados de bienestar aparece ligada al pleno empleo y a la efectividad de las prestaciones. En segundo lugar, con la entrada del 2000, tiene lugar un auge del relativismo cultural aludido en el ‘choque de civilizaciones’ de Huntington. Los ataques del 11 de septiembre acentúan esta tendencia de la que ya había hecho uso propagandístico el partido predecesor del PPD, el Fremskridtspartiet, que siempre había expresado sus reservas a la concesión de asilo y residencia permanente a migrantes musulmanes. De hecho, se hace una utilización interesada del discurso humanista y universal para tildar otras tradiciones como inferiores.

Por último, y en línea con el discurso utilitarista, se proponen medidas de estimación del ‘valor económico’ de la población migrante, si este obedece a necesidades en el mercado laboral danés o si su incorporación en el mismo es prescindible o indeseable. La derecha y el centro-derecha impulsaron un discurso que ligaba el triunfo del estado de bienestar con la homogeneidad cultural señalando la aculturación como un elemento amenazador y haciendo hincapié en los incentivos negativos que suponían las ayudas sociales a la verdadera integración. De hecho, parte de la derecha danesa esgrime un discurso con el que arremete contra los migrantes que lo sean por razones políticas y humanitarias y no por trabajo, y que son a su juicio más dependientes de las ayudas sociales. Aquí cabe realizar una aclaración: si bien el estatus de refugiado es legal y políticamente diferenciado del de inmigrante por razones económicas, lo cierto es que la etimología de la palabra ‘migrante’ (migrare, cambiar de residencia, moverse) vendría a designar a ambos, y algunos autores hablan directamente de migrantes humanitarios y migrantes por razones económicas.

Ante todo esto, el partido socialdemócrata optó por una retórica defensiva y desdeñó la importancia que este debate comenzaba a tener en la opinión pública. Analizar los elementos discursivos de la derecha danesa resulta necesario para entender su calado porque encierran aseveraciones deductivas que dejan huella en el imaginario colectivo. Una de las propuestas más repetidas por el PPD es la expulsión de refugiados e inmigrantes que cometan crímenes tipificados en el derecho danés. La repetición de esta iniciativa en televisión, campañas y debates, construye una relación entre población migrante y criminalidad. Otra de las políticas defendidas, la provisión de un curso en derechos humanos para refugiados e inmigrantes por trabajo, proyecta también una idea negativa sobre estos, a saber, que desconocían los valores democráticos y universales que en teoría deberían conocer para integrarse en la sociedad danesa.

Este cartel es parte de la campaña propagandística del Partido Popular Danés, hoy segunda fuerza en el Parlamento: “¿Su Dinamarca? Una sociedad multiétnica con: violaciones en masa, asaltos, inseguridad, matrimonios forzados, opresión de las mujeres, bandidaje. ¿Es lo que quiere?”

A partir del 2000 se tomaron medidas que iban en la misma dirección que los alegatos discursivos, se endureció aún más la normativa para la reunificación y se exigía para ésta una aportación de 55.241 DKK (2005), aunque se devolvería la mitad si el familiar asistía a un curso o aprobaba un examen de danés; se reduce la cuantía de las asistencias y se aumentan los requisitos para acceder a estas; a su vez, los refugiados en espera de que se tramite su petición de asilo no pueden trabajar. Al mismo tiempo, se potencian asociaciones de asistencia religiosa para favorecer la llegada de inmigrantes no musulmanes.

Lo que resulta central es que con la aparición y ascenso del PPD se impone el discurso de asimilación como dominante en el espectro político, rompiendo el consenso que previamente existía en torno a la integración. Bien es cierto que antes de los años 90’ ya convivían con el argumentario integrador tanto el discurso asimilativo como el pluricultural, pero la alianza de la derecha junto con el triunfo de la retórica de la aculturación como amenaza acechante triunfan al resquebrajar el consenso que antes existía alrededor de la cuestión migratoria.

En general, las políticas migratorias se desenvuelven entre tres perspectivas estratégicas entre las que se reparten, según su ideología, las fuerzas políticas de un determinado estado. Así, la primera de ellas sería la asimilación, que parte de un discurso universalista y culturalista que legitima una transgresión en la división de la esfera pública y de la privada. La medida que obliga a los refugiados a realizar un curso sobre la sociedad danesa o la de firmar un papel por el que se comprometen a hacer todo lo que esté en su mano por ‘integrarse’, son ejemplos de políticas que siguen esta dirección. En segundo lugar, la integración representa al discurso liberal y legalista de separación entre lo público y lo privado que viene a enfocar el fenómeno migratorio en el mercado.

Aunque podemos encontrar cismas dentro de este enfoque en Dinamarca, sobre si se debe realizar a través del mercado o de la asistencia estatal, se parte de una premisa de igualdad ante la ley, respeto y no discriminación. En tercer lugar, encontramos la minoritaria visión pluricultural, que entiende la diversidad como una consecuencia del mundo plural en el que vivimos y considera que es posible hacer un uso instrumental de ello si sabemos aprehender las ventajas que nos aporta. Esta visión es defendida por partidos de izquierda y una parte de los socialdemócratas. La visión pluricultural reivindica el valor de la diversidad como un elemento enriquecedor, y choca por ello diametralmente con el fenómeno de la aculturación, que teme que los valores daneses se pierdan en la convivencia con otras culturas que vacían y pervierten al “clan danés”.

El temor a que la retórica del PPD extienda su influjo a otros países ya aparece anunciada en boca de Martin Henriksen, diputado de este partido, que esperaba que la reciente medida aprobada de confiscación de bienes y restricciones a la reunificación iniciara una reacción en cadena en el resto de Europa. Este tipo de declaraciones y medidas no sólo pisotean el discurso humanista y universalista que se arrogan los países escandinavos, sino que viene a cuestionar la solidaridad europea y los valores radicales de la socialdemocracia danesa, que ha sido cómplice de la supervivencia y triunfo de esta retórica.

Inés Lucía, Madrid, 1992. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense. Máster en Gobernanza Global y Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha realizado prácticas en el Instituto de Derechos Humanos de Cataluña.

jueves, 19 de abril de 2018

Cinco horas diarias mirando el teléfono


Axel Marazzi desbloquea su teléfono unas 150 veces por día: según una aplicación, no puede aguantar más de siete minutos. En total, cinco horas diarias. Más tiempo del que pasa en la casa con su novia, del que lee, corre, come, mira series. En los últimos meses, ex directivos de Facebook, Instagram y Google admitieron cómo nos manipulan para hacernos dependientes a los teléfonos. Una crónica de la revista Qué Pasa para entender el mecanismo de una adicción silenciosa y efectiva.

Trabajo siete horas por día, duermo otras siete y una aplicación me dice que en promedio uso el teléfono cinco horas diarias. También que lo desbloqueo unas 150 veces por día: eso quiere decir que no puedo pasar siete minutos despierto sin volver a él. Lo primero que hago cuando suena la alarma por la mañana, antes de ir al baño, lavarme los dientes y la cara, es mirar si me llegó un mail importante, cuántos likes tuvo la última foto que subí a Instagram o si se viralizó alguno de los tuits que publiqué el día anterior.

Uso WhatsApp para hablar con mis jefes, con mi novia, con mis amigos. Juego en el smartphone, uso una app que me dice cuántos kilómetros corrí y cuántas calorías quemé, otra me informa cómo llegar a direcciones que desconozco, otra cómo estará el clima —he llegado a mirarla antes de abrir las cortinas de mi cuarto— y otra hace todas mis transferencias bancarias. El iPhone es la extensión perfecta de mi mano derecha.

Siempre me gustó la tecnología. Tenía 12 años cuando mi padre trajo a casa el computador Pentium 486 que cambió mi vida. A fines de los 90, navegar por la red me abrió las puertas a un mundo infinito, repleto de información. Pero si en esa época ya disfrutaba internet, el quiebre fue el nacimiento de las redes sociales y el smartphone, la combinación perfecta para que no sólo yo esté pegado al teléfono, sino millones de personas en todo el mundo.

Como periodista que escribe de tecnología estoy todo el tiempo visitando páginas, chequeando redes sociales, buscando historias que sean relevantes y que pueda investigar. Así me topé con Moment, hace tres semanas, y decidí bajarla. Si bien la app era vieja —nació hace un par de años, una eternidad en el rubro—, nunca me había interesado la idea: una aplicación que te avisa si usas demasiado el celular. Pero esta vez quise hacer la prueba. En el último tiempo, varias personas me habían dicho que parecía un adicto, que miraba el celular cuando me estaban contando algo o que no parecía prestar atención ni siquiera en las reuniones de trabajo.

Tenía, digamos, curiosidad. Y el resultado no sólo me impresionó, sino que me asustó: cinco horas diarias es más tiempo del que veo a mi mamá a la semana. Es más tiempo del que paso al día con mi novia (y vivo con ella). Es más tiempo del que leo, corro, miro series o hago cualquier otra cosa. El 50% de mi tiempo libre lo estoy pasando delante de la pantalla del iPhone.

Me puse a buscar noticias sobre adicción al smartphone —mientras la app me enviaba mensajes de alerta para que dejara de usarlo—, y me topé con una noticia que, si bien ya tenía varios meses, terminó por preocuparme: una de las personas más importantes en la historia de Facebook había hablado en contra de la red social, admitiendo cómo jugaron con la “psicología humana”. Sean Parker, el hombre que hirió de muerte a las discográficas cuando creó Napster y que más tarde se convirtió en el polémico primer presidente de Facebook —retratado por Justin Timberlake en la película Red Social—, decía estar muy preocupado por cómo las redes sociales están afectando la cabeza de las personas que las usamos.

En una entrevista al medio estadounidense Axios, Parker reconoció lo que pensaban a la hora de crear Facebook: “¿Cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo consciente? Teníamos que darte un poquito de dopamina a cada rato. Porque alguien te había dado me gusta o porque había comentado tu foto. Y eso contribuye a la creación de más contenido para, de nuevo, crear más comentarios y más me gusta”.

Me pareció tan burdo que sentí que había entendido mal. ¿Estaba diciendo que nos hicieron adictos de forma consciente? Sí, lo estaba haciendo: “Es la clase de cosas que se le ocurriría a un hacker como yo, porque estás explotando las vulnerabilidades de la psiquis humana. Los creadores de redes sociales como yo, Mark [Zuckerberg] o Kevin Systrom [Instagram] entendimos muy bien que esto iba a suceder y aún así lo hicimos”.

Algo angustiado, recurrí a Google y empecé a investigar más sobre el tema. Parker no era el único ex Facebook que había salido a hacer su mea culpa. Chamath Palihapitiya, que estuvo en la empresa hasta 2011 y fue vicepresidente de crecimiento de usuarios, también tenía remordimientos. En un foro de la Escuela de Negocios de Stanford dijo: “Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad”.

Todos hablaban de dopamina y yo necesitaba averiguar no sólo qué era, sino además qué generaba cada like en una recóndita zona de mi cerebro. Por eso contacté a la bioquímica Katia Gysling, profesora de la Universidad Católica y reconocida investigadora del sistema dopaminérgico, quien me lo explicó de manera simple: “Es un neurotransmisor que determina nuestra motivación para acceder a la comida, a la interacción social, incluso al apareamiento. Es esencial para poder motivarnos. Las drogas adictivas y los estímulos generados por factores como obtener recompensas económicas o sociales producen una gran liberación de dopamina”.

“¿Es cierto lo que dice Parker?”, le pregunté a la bioquímica. La respuesta fue un golpe a la mandíbula: hay individuos, me dijo, a los que sí les puede generar una gran liberación de dopamina cada like.

No le quise preguntar si yo era uno de esos individuos.

***

Mientras seguía con el celular en la mano, los días pasaban y las horas de uso no disminuían, no podía dejar de pensar en una frase de Parker: “Sólo Dios sabe lo que le está haciendo [Facebook] a la mente de nuestros hijos”.

Por esto decidí escribirle a Adam Alter, un psicólogo social estadounidense y profesor de la Universidad de Nueva York que estudió la adicción a la tecnología en su libro Irresistible. “Lo que dijo Parker es importante porque muestra que a las compañías como Facebook no les importa el bienestar de sus consumidores”, me dijo desde su departamento en Manhattan. “Su mayor preocupación es cuánto tiempo están en su plataforma”.

Alter me contó algo que me hizo volver a Google: que hay gobiernos que están legislando para evitar el desarrollo de aplicaciones que inciten a la adicción. Entre ellos, China, Estados Unidos y varios países europeos. En el último año, muchos ex empleados de Facebook, Google y Twitter han empezado a dejar las compañías, alarmados por el alto nivel de adicción de sus usuarios y por el descontrolado boom de las noticias falsas. De la mano de estos arrepentidos, ya hay grupos y movimientos que intentan generar conciencia en relación a lo mal que nos está haciendo la conexión constante. El más influyente es el Center for Humane Technology (CHT), fundado por Tristan Harris, nada menos que el ex diseñador ético y filosófico de Google: el hombre que debía prever que las diferentes plataformas del buscador no fueran invasivas en la vida del usuario. Hoy, la voz de Harris es una de las más escuchadas del mundo en el debate de cómo las redes sociales se encargan de manipular nuestra psicología.


Explorando en el sitio de la organización, encontré entre sus miembros a Roger McNamee, uno de los primeros inversores de Facebook, a Justin Rosenstein, creador del botón me gusta, y a Lynn Fox, ex encargada de la comunicación de Twitter y Apple. Todo un dream team del remordimiento, unidos para hacer declaraciones como esta: “Facebook, Twitter, Instagram y Google han producido increíbles productos que mejoran el mundo enormemente. Pero estas compañías también están atrapadas en una carrera por nuestra atención, la cual necesitan para hacer dinero. Obligados constantemente a superar a sus competidores, deben usar técnicas increíblemente persuasivas para mantenernos pegados”.

¿Cómo hicieron todos esos tipos para lograr que pase cinco horas por día pegado a mi iPhone? La página del CHT lo explica así: Instagram es una vidriera mentirosa que exhibe sólo los momentos perfectos de la vida de sus usuarios, Facebook nos segrega en grupos de personas donde todos opinan lo mismo, haciéndonos sentir validados y fragmentando las comunidades, y YouTube utiliza su autoplay por defecto para que pases de video en video sin poder desengancharte. Todo controlado por algoritmos que saben perfectamente lo que nos gusta. La explicación me pareció interesante, pero un poco obvia, así que me propuse contactar a Aza Raskin, uno de los fundadores del centro, para que me explicara mejor el porqué de tanto arrepentimiento.

Raskin, de 34 años, trabajó como diseñador líder de Firefox, fue jefe de experiencia de usuario de Mozilla y creó la compañía Massive Health. Después de perseguirlo durante varios días, logré contactarlo. Me dijo que una de las cosas que determinaron el rumbo de su carrera fue la promesa de que la tecnología democratizaría el mundo. Pero que ahora nos está subyugando. “Fundamos el centro para pelear, para volver a alinear los avances hacia los mejores intereses de la humanidad y disolver esta crisis de adicción”, me dijo el lunes por la noche en que lo llamé por WhatsApp.

Me explicó, también, que todos estos productos que usamos a diario no son, en absoluto, neutrales. “Son parte de un sistema diseñado para volvernos adictos. Llegamos hasta acá porque todas estas compañías produjeron cosas increíbles, que nos benefician, pero que al mismo tiempo tienen un modelo de negocio que se basa en engancharnos. Eso significa algo evidente: que detrás de cada una de las pantallas de las apps hay miles de ingenieros a quienes les pagan para que nosotros queramos volver”.

Después de entrevistar a Raskin me quedé pensando en algo evidente, pero que tal vez nunca me había cuestionado de verdad: que usar redes sociales puede ser gratuito, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. De golpe, creí entender algo fundamental: que nosotros no pagamos por esos productos, porque nosotros somos el producto.

***

Tratando de entender cómo las compañías de Silicon Valley hacen dinero con nosotros —sin que, en teoría, les demos nada—, empecé a encontrarme con un concepto que parecía estar en el corazón de todo: economía de la atención. Es simple: en el negocio de las apps el oro es nuestro tiempo. Este tipo de plataformas generan ingresos a medida que más tiempo las usamos. Si nuestra atención fuese infinita, no sería un problema, pero no sólo no lo es, sino que además está afectada por nuestra necesidad de trabajar, dormir y tener vida fuera de nuestras pantallas. Por eso las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social.

El botón me gusta en Facebook, el retuit en Twitter, los pulgares para arriba y abajo en YouTube o el corazón en Instagram están allí para eso, y las empresas miden cómo afectan nuestro cerebro. Tienen, incluso, un nombre: recompensas variables intermitentes. En el “ambiente” suelen explicarse con la idea de una máquina tragamonedas: hay que tirar de una palanca para recibir una recompensa variable (se puede ganar o perder). Lo mismo pasa con las apps de redes sociales: actualizamos para ver si ganamos likes o no. Y mientras más lo hacemos, más queremos hacerlo.

Incluso el tiempo que tarda cada aplicación en actualizar nuestro timeline está pensado. Mientras esperamos a que las redes nos muestren los likes y comentarios que recibieron nuestras publicaciones, el cerebro recibe la misma sensación que cuando está girando la ruleta del casino. No sabemos si vamos a ganar, pero la posibilidad nos mantiene enganchados. Según Tristan Harris, los smartphones son esencialmente eso: máquinas tragamonedas que están en los bolsillos de miles de millones de personas.

Por todos esos motivos —y seguro que por otros que no conocemos— nada menos que el CEO de Apple, Tim Cook, dijo en enero en una charla en el Harlow College de Essex, una prestigiosa universidad de Inglaterra, que no quiere que su sobrino tenga redes sociales: “No creo en el uso excesivo [de la tecnología]. No soy una persona que piense que seremos exitosos si la usamos todo el tiempo. No estoy de acuerdo con eso en absoluto”.

Incluso la investigación antropológica, en algunas de las principales universidades del mundo, ha comenzado a estudiar los cambios sociales generados por la influencia de la adicción a la tecnología. Michael Wesch, de la Universidad de Kansas, es uno de los investigadores de referencia de lo que llama ciberetnografía.

“La mayor parte de la gente ni siquiera consideraría que podemos ser adictos a algo tan normalizado como Facebook o Netflix. Tendemos a reservar la palabra ‘adicción’ para las drogas o el alcohol, pero estudios científicos recientes demostraron que hay cambios profundos en el cerebro de quienes tienen adicciones conductuales, que son similares a aquellos con adicciones a las drogas”.

Pocos previeron todo esto antes que Tanya Schevitz. Hace ocho años, fue una de las creadoras del National Day of Unplugging, una campaña mundial para que las personas recuerden, al menos un día cada año, cómo era vivir sin smartphones. La iniciativa ya tiene millones de adeptos. Tanya tiene 47 años y vive en una pequeña ciudad de la costa oeste llamada Pacifica. Por teléfono, me dijo que le parecía increíble que grandes líderes tecnológicos como Parker, Harris o Raskin estuvieran desafiando la dirección hacia donde avanzan las redes sociales: “Sin conversación y cambios vamos en un camino peligroso”, me dijo. “La expectativa de que siempre alguien te puede contactar, de que responderás inmediatamente a ese pitido, a ese zumbido de mensajes, correos y llamadas creó una sociedad de personas que están desbordadas”.

Ante esta repentina ola de críticas, Jack Dorsey, creador y CEO de Twitter, reconoció a principios de marzo que no lograron predecir las consecuencias negativas que tendría su red social: “Sabemos eso ahora y estamos determinados a encontrar soluciones holísticas y justas. Fuimos testigos de abuso, acoso, armadas de trolls, manipulación con bots y coordinación humana, campañas de desinformación. No estamos orgullosos de cómo la gente se aprovechó de nuestro servicio o nuestra incapacidad para abordarlo lo suficientemente rápido”.

Eso lo dijo a través de una serie de tuits y, claro, muchos aplaudimos su honestidad. Entonces no sabíamos ni la mitad de lo que ahora sabemos.

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Como si mi paranoia no estuviera ya por las nubes, mientras realizaba la investigación para este artículo —e intentaba entender hasta qué punto las redes sociales nos manipulan—, la publicación de la investigación conjunta de The Guardian, The Observer y The New York Times sobre cómo la campaña de Trump se apropió de los datos de 50 millones de usuarios de Facebook, me hizo replantearme tener una cuenta en la plataforma.

La historia, todo un thriller digital, es así: el canadiense Christopher Wylie, un muchacho vegano de 28 años y pelo rosado, experto en análisis de datos y cofundador de la consultora Cambridge Analytica, reconoció haber creado un arma psicológica para manipular la opinión pública tanto en la campaña presidencial de Donald Trump como en el referéndum del brexit.
Según Wylie, todo comenzó cuando la compañía, que nació en 2013 en Reino Unido, contrató a Aleksandr Kogan, un psicólogo ruso de 31 años de la Universidad de Cambridge, quien había diseñado una aplicación perversa: un test de personalidad en apariencia inofensivo —como tantos que hemos respondido—, diseñado para capturar toda la información personal de quienes lo respondieran y de sus amigos en la red social. Kogan, de hecho, ni siquiera había tenido que mentir tanto para poder usarlo: había obtenido permiso de Facebook para realizar un “análisis de personalidad” de sus usuarios, con la condición de que no vendiera esos datos. Unos 270 mil usuarios instalaron su app y todos sus contactos cayeron junto a ellos.

Analizando datos tan básicos como los me gusta —ay, dopamina—, fueron generando perfiles psicológicos en base a la orientación sexual, raza, inteligencia, género y hasta posibles traumas. Con ellos, Cambridge Analytica —que tiene entre sus fundadores al ex consejero de Trump, Steve Bannon— generó algoritmos capaces de predecir el perfil de los usuarios de Facebook, y así poder mostrarles anuncios diseñados específicamente para manipularlos. Con todo listo, le vendieron su arma a la campaña de Trump por más de seis millones de dólares. Dicho de otra forma: estos tipos saben cómo pensamos, dónde vivimos, qué ideas políticas tenemos, qué libros leemos, qué cosas parecen asustarnos. Y no tienen problema en venderle todo a quien quiera ganar una elección. “La compañía ha creado perfiles psicológicos de 230 millones de estadounidenses”, dijo el culposo Wylie. “Es como un Nixon con esteroides”. Después de varios días de silencio, que dieron pie a todo tipo de especulaciones, el propio Mark Zuckerberg posteó en su muro unas largas disculpas a sus usuarios. “Tenemos la responsabilidad de proteger sus datos”, escribió el gran arquitecto del mundo de las redes sociales. “Y si no podemos no merecemos servirles”.

El debate de cómo las fake news nacen, se viralizan y llegan a millones de personas tiene larga data. Uno de los primeros en advertir este fenómeno fue el físico chileno Cristián Huepe, que investiga para la Universidad de Northwestern. En 2012, de hecho, fue capaz de prever la llegada de la posverdad con años de anticipación, analizando matemáticamente la forma en que fluye la información a través de las redes. Hoy es un referente en el estudio de cómo éstas plataformas han influido en la comunicación humana. Decidí escribirle un correo y su respuesta fue desoladora: “Al fragmentar nuestras redes sociales y generar burbujas extremas estamos llegando al punto en que no sólo no compartimos ni discutimos nuestras opiniones con grupos distintos, sino que ya ni siquiera compartimos la misma realidad”. Me citó un caso que está teniendo un auge espectacular en los últimos tiempos: el de las personas que vuelven a creer que la Tierra es plana. Hoy es muy fácil ir a YouTube o Facebook y encontrar una comunidad que apoye cualquier teoría falsa, retroalimentando la idea y validándola ante nuevos incautos.

Es difícil imaginar hasta dónde nos llevará todo esto. Si lograremos frenar la manipulación tecnológica de nuestra psiquis o ya es muy tarde. Cuando bajé la aplicación que me reveló que uso mucho más el celular de lo que hubiera imaginado, cuando empecé a hablar con especialistas sobre lo que eso genera en mi cerebro, cuando me di cuenta de que paso más tiempo frente a la pantalla de un dispositivo que con la persona con la que convivo, jamás había imaginado que existían ingenieros, hackers, analistas de datos y hasta psicólogos detrás que así lo quisieron. Tipos que generan millones de dólares con mi tiempo y que hasta cambian mis opiniones mostrándome anuncios que fueron creados estudiando mi personalidad en profundidad.

Y, sin embargo, mis horas frente al iPhone no han dejado de ser cinco diarias. Si debo ser sincero, hace unos días desinstalé Moment, cansado de sus anuncios alarmistas. ¿Tendré que ir a una reunión al estilo Alcohólicos Anónimos y presentarme con el clásico “Hola, mi nombre es Axel y soy adicto al celular”? Empieza a sonar como una buena idea.

Axel Marazzi. Artículo publicado originalmente en la revista Qué Pasa de Chile.

domingo, 15 de abril de 2018

Pepe Mujica conversando con Correa.

sábado, 7 de abril de 2018

Cristina Kirchner conversando con Correa.



Cristina Fernández de Kirchner (Presidenta argentina entre 2007 y 2015) es recibida como invitada en el programa televisivo de Rafael Correa (Presidente ecuatoriano 2007-2017), en abril de 2018.

Es de notar como ambos lideres muestran sus cartas y credenciales de pensamiento ante una opinión pública que, en su gran mayoría, no está educada para entender el grado de problemática expuesto. En ese marco nos sorprende la capacidad de Cristina Kirchner menos para enunciar o explicar que para callar. Así y todo, con toda esa verborragia de pretensiones docentes, es alarmante lo que Cristina calla y admirable el cuidado en no correr un centímetro su discurso de la arena política.

sábado, 10 de marzo de 2018

Tíbet, historia y mito.


En el año 1624, el jesuita portugués Antonio de Andrade arribaba a lo que más tarde se conocería popularmente como el Tíbet. Estas tierras, descritas ya desde un primer momento por el propio monje como un lugar de inigualable hermosura, fueron poco a poco adquiriendo en el imaginario occidental un aire misterioso y legendario. El Tíbet se convertía a golpe de novela y libro de viajes en un lugar ancestral donde cualquiera podía hallar paz y seguridad. Tan marcada fue esta tendencia que aún a principios del siglo XX encontramos en la literatura occidental referencias claras a esta concepción del Tíbet.

Novelas como la genial “Kim” del nobel Rudyard Kipling o la exitosa “Horizontes perdidos” de James Hilton son valiosos ejemplos de esta propensión a considerar el techo del mundo como un lugar idealizado. Siendo el utópico Shangri-La, que nos narraba Hilton, una de las expresiones más completas de este Tíbet occidentalizado. Un lugar oculto en las montañas donde gracias al gobierno de sabios monjes budistas no se conoce el hambre, el sufrimiento, el odio o la confusión. ¨En aquellos días de guerra y rumores de guerra ¿Alguna vez soñaste con un lugar donde hubiera paz y seguridad, donde la vida no constituya una lucha, sino un gozo vivo?”, rezaba al inicio de la novela.

La obra de James Hilton seria también llevada al cine en 1937 de la mano de Frank Capra. Esta escena refleja el momento exacto de la llegada a Shangri-La.



Vemos, por tanto, como el Tíbet no era considerado fundamentalmente un lugar geográfico, sino más bien un conjunto de ideas y representaciones de los sueños europeos. Utilizando la terminología del filósofo y teórico literario Eduard Said, el país de los lamas es asumido como una empresa orientalista más. Cuando un occidental viajaba al Tíbet lo hacía llevando consigo sentencias abstractas e inmutables las cuales se había formado leyendo a otros aventureros previos. Pocas veces se interesaban estos viajeros por algo que no fuera probar los mitos que habían aprendido sobre el lugar. Elocuentes son las palabras de la escritora y periodista Alexandra David-Neel que al llegar a Lhasa en 1924 afirmaba: ¨El Tíbet presenta todas las características de las tierras maravillosas descritas en los cuentos¨.

Sin embargo, ¿Era realmente el Tíbet ese país de cuento? ¿Era verídica esa imagen de unas tierras atrasadas pero felices bajo el gobierno de los lamas? Lamentablemente hemos de decir que no. Donde los novelistas occidentales veían paz y serenidad los campesinos tibetanos solo encontraban explotación y miseria. Recordemos que en los años previos a la invasión china, liberación según la perspectiva de Pekín, un 90% de los tibetanos eran siervos sin tierra. Entre los cuales la esperanza de vida se situaba en torno a los 30 años y el analfabetismo se encontraba en niveles superiores al 95%. Con estos datos es necesario replantearse esta visión idílica del Tíbet y tratar de esclarecer los orígenes de este sistema social más que cuestionable.

El origen de la autoridad lamaísta
Para entender la sociedad que las autoridades comunistas chinas se encontraron en 1950 es imprescindible retroceder unos cuantos siglos en la historia del Tíbet. Concretamente es necesario tener en cuenta que la introducción del budismo en el país se produce entre los siglos VII y IX. Situando la leyenda este acontecimiento bajo el reinado de Songsten (620-649). Y aunque este rey será considerado por la tradición como un Bodhisattva, aquel que renuncia a la iluminación para entregarse a sus semejantes, no será hasta un siglo más tarde cuando bajo el mandato de Thisong Detsen (755-797) el budismo será consagrado como la religión oficial.

A estos primeros años de budismo en el Tíbet seguirán los conocidos como los años indocumentados donde se producirá una quiebra del poder central dándose un trasvase del mismo hacia núcleos dispersos bajo el dominio de pequeños nobles o monasterios. Siendo relevante cómo en las crónicas del siglo XI encontramos un territorio sin un orden central claro, donde distintas órdenes monásticas y nobles luchan por el poder. Es decir, una situación bastante parecida a los primeros siglos del feudalismo europeo. El paisaje de la región se teñirá de numerosas casas-torre, desde donde tanto los monjes como los nobles coordinarán su dominio del territorio y ejercerán presión sobre labradores y pastores.

La situación se prolongará durante años, no siendo hasta el siglo XV cuando la conocida como orden de los gorros amarillos o Gelupas lograra imponer su dominio sobre la región. La orden tras una guerra por todo el país conseguirá implantar un estado monacal, fundando los que serán los monasterios más importantes del Tíbet. Las tres grandes sedes que rodean Lhasa, Drepung, Sera y Ganden, y el de Tashilungpo a 250 kilómetros al sudeste de la capital. Estos lugares, y no las ciudades, constituirán la base de mayores aglomeraciones de población donde se irán constituyendo clases claramente diferenciadas con monjes y siervos a su servicio. De todos estos monjes destacara el que será la encarnación más clara de esta nueva teocracia, el abad del monasterio principal (Drepung) que a partir del siglo XVI será considerado como el Dalia Lama. Figura, cabe recordar, no de origen divino sino creada por un Khan mongol para dar reconocimiento de representante de la región a un sujeto concreto. Este ejercerá el gobierno siempre que cuente con el beneplácito del poder exterior y con la asistencia de un regente mongol.

Esta forma tan peculiar de gobierno junto con la mezcla entre el budismo mahayana y las tradiciones y creencias tibetanas darán lugar a lo que muchos expertos denominan como lamaísmo. Y Lama no es cualquiera, esta será una religión alejada de los comunes. Los cuales no podrán optar a los años de preparación que necesita la vida monacal. Habrá una clara separación entre los dos ámbitos reservándose para los comunes una vida basada en la realización de buenas acciones, mejora del karma, y servicio a las necesidades de los monasterios. Solo así podrán los siervos disfrutar de una futura mejor vida, y los monjes asegurar el mantenimiento del correcto orden de las cosas.

En los siglos siguientes la influencia exterior sobre el Tíbet variará gradualmente de Mongolia a Pekín. Sin embargo, en ningún momento será cuestionada la autoridad de los religiosos que llegaran a conseguir en el siglo XVII que el regente pase a ser nombrado entre los principales monjes de los grandes monasterios. Un mayor reparto de poder que tratara de evitar cualquier queja de estos. Los laicos solo accederán a estas estructuras mediante el llamado Consejo del Dalai Lama. Donde cuatro funcionarios, tres seglares de procedencia nobiliaria y uno monacal, asumirán la tarea de colaborar con el Dalai Lama en la administración así como de encauzar peticiones hacia el mismo.

El sistema mostrará una gran fortaleza y la clase religiosa vera perfectamente asegurada su preeminencia en el Tíbet. La grandiosidad del Potala fundado en 1648 como residencia permanente del Dalai Lama será una perfecta muestra de la nueva situación. Durante los dos siglos siguientes no serán acometidas grandes reformas en la administración, y solo la creación de una asamblea consultiva de altos laicos y monjes será incluida en la estructura de gobierno del país.

Siglo XX. Nuevos retos para el Tíbet
Tras la calma y aislamiento de los siglos anteriores, el siglo XX supondría para los tibetanos una brusca y rápida toma de conciencia de la realidad que rodeaba al país. Ya en 1904 una expedición militar británica llegaría a tomar Lhasa y aunque los británicos tenían fundamentalmente intereses comerciales, esta rápida ocupación supondría un perfecto aviso de las necesarias reformas que requería el Tíbet. Lugar que parecía mantenerse aun en otro tiempo. Los tibetanos tendrían en este momento la suerte de que el gobierno londinense no quería prolongar demasiado esta aventura colonial, siendo retiradas las tropas británicas a finales de 1904. Sin embargo, esta nueva calma sería algo efímero ya que otra potencia había fijado su punto de mira en el país de los Lamas.

China deseaba extender su influencia política de nuevo en la región del Himalaya y ocuparía militarmente el Tíbet entre los años 1909 y 1910. Solo un nuevo acontecimiento exterior, como sería el estallido de la Revolución China, lograría que el país recuperara su independencia. Hasta el Dalai Lama era ya plenamente consciente de la importancia de emprender serias reformas en todos los ámbitos si el país quería aspirar en un futuro a conservar algún tipo de independencia.

No obstante este no sería un camino fácil. Importantes sectores monacales no veían con buenos ojos la realización de profundos cambios en la administración y el gobierno. Prueba de ello será el fracaso de la tan necesaria reforma militar o la incapacidad de la creación de la conocida como escuela inglesa, lugar donde se pretendía formar a una nueva elite estatal tibetana que tuviera conocimientos sobre la política y el día a día europeo. Solo en la década de los treinta se lograra una reforma de calado como será el sometimiento del Consejo del Dalai Lama al control de la Asamblea Nacional haciendo de sus miembros temporales. Si bien durante estos años muchos altos cargos tibetanos fueron conscientes de la necesidad y de la urgencia de la situación, también muchos fueron los problemas y carencias que se tuvieron que enfrentar y que imposibilitaron un cambio efectivo.

En 1950 el país aún no se encontraba preparado para enfrentar los retos que depararía la segunda mitad del siglo XX. Recordemos que en este año coincidirían el nombramiento del actual Dalai Lama y la invasión china del país. Nada pudo hacer el débil ejército tibetano frente a la fuerza exterior, mejor equipada y más numerosa. Tan desfavorable era la situación que los tibetanos se verían obligados a aceptar en 1951 el famoso acuerdo de los diecisiete puntos, mediante el cual el Tíbet era reconocido como parte integrante de China a cambio de conservar este su singularidad religiosa y administrativa. La cuestión tibetana desde el punto de vista del gobierno de Pekín quedaba así totalmente zanjada. Administradores chinos se unían a la presencia militar en Lhasa, mientras Mao Zedong declaraba triunfante como el pueblo tibetano regresaba al seno de la madre patria. No obstante frente al triunfalismo oficial la situación en el techo del mundo era algo más compleja.

Ya en 1955 se producirían las primeras revueltas y solo cuatro años más tarde las autoridades chinas se verían obligadas a ejercer una dura represión ante las protestas. Se calcula que en los primeros meses de 1959 perecieron varias decenas de miles de tibetanos. Tan grave era la situación que el 17 de marzo el Dalai Lama y sus ministros huían a la India para formar un gobierno en el exilio.

Es interesante destacar como el exilio del Dalai Lama tuvo un gran impacto en la opinión pública occidental. Muchos fueron los que sintieron como el extraordinario paraíso tibetano que siempre habían imaginado corría peligro de ser destruido bajo la perversa dominación china. La situación del país se convertía en toda una novela, donde el mito ya establecido era enormemente reforzado por la lógica de la guerra fría. La imagen de un malvado régimen comunista amenazando el bello y sereno Tíbet era totalmente plausible en la mente de muchos americanos y europeos. Novelas como la exitosa ¨Siete años en el Tíbet¨ de Heinrich Harrer, publicada en 1952, ayudaron enormemente a marcar esta tendencia.

Sin embargo, el gobierno comunista chino no veía el asunto desde unos tintes tan novelescos y al calor de la Revolución Cultural se asestaría otro duro golpe a la estructura religiosa y política de los Lamas. Miles de monasterios serian destruidos o vaciados por la fuerza. Si en 1959 mil setecientos monasterios decoraban el paisaje tibetano, en 1979 solo diez de ellos se encontraban activos. La independencia, como bien recordaría Deng Xiaoping, no era algo discutible. Incluso en 1988 el propio Dalai Lama, en la denominada ¨Propuesta de Estrasburgo¨, renuncio a la independencia en favor de una verdadera autonomía dentro de China. Pekín conseguía así uno de sus principales objetivos, aunque como bien demostraron las revueltas de 1989 aún quedaba un largo camino por recorrer antes de que la población local aceptase totalmente su presencia.

El elemento religioso, pero también un sentimiento nacionalista de rechazo a China han sido los principales motivos que han llevado a la protesta a los tibetanos en estas últimas décadas. Las revueltas y manifestaciones de 2008 hacen pensar que la historia se repite. La violencia entre chinos y tibetanos quedó patente ante la comunidad internacional. China ha tenido que comprobar como con los años la cuestión nacionalista y religiosa ha sido más fuerte que el recuerdo de un pasado de extrema pobreza y servidumbre. El conflicto sigue aún abierto.

Por otro lado, en Occidente los anteojos del mito tibetano siguen aún impidiendo a gran parte de la opinión pública tener una idea clara de los hechos allí acaecidos. Visiones novelescas y maniqueas han sido la pauta en los últimos años. El mito de Shangri-La incentiva aun la imaginación y las fantasías. El país geográfico y el imaginario están lejos todavía de encontrarse.

Adrián Albiac, graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

domingo, 24 de diciembre de 2017

Londres asigna una libra por soldado para celebrar las Navidades en Kabul.


El Ejército inglés tiene 500 efectivos estacionados en Kabul, capital de Afganistán, dentro de la misión bautizada Apoyo Decidido (Resolute Support), liderada por el Pentágono (EE.UU.) Este contingente, al igual que millones de personas del mundo occidental, celebra estos días la Navidad y los festejos, lógicamente, conllevan algunos gastos.

Este gasto debe asumirlo el Ministerio de Defensa, que a juzgar por una revelación de The Sunday Times, no se ha estirado mucho. 500 libras esterlinas (menos de 670 dólares) es lo que ha asignado Londres para costear la organización de la fiesta de Navidad.

Los militares se sintieron indignados al enterarse del presupuesto para su Nochebuena. "No nos dan ni siquiera para tomar un café", recoge el diario. El color de la noticia termina de revelarse cuando se destaca el contraste entre el enfoque británico y el estadounidense, para contar que Washington envió a sus soldados en suelo afgano ocho abetos, múltiples patos, decoraciones y regalos, además de organizar para ellos una proyección especial colectiva de la nueva película de Star Wars.

Alepo (Siria) festeja la Navidad después de 5 años.


La ciudad siria de Alepo festeja por primera vez la Navidad desde el comienzo de la guerra (hace cuatro años). En su primera aparición pública desde que las fuerzas de su régimen recuperaron la ciudad norteña de Alepo de los rebeldes, el presidente sirio Bashar al-Assad y su familia visitaron un convento al norte de Damasco el día de Navidad. Las imágenes de la televisión estatal siria (Euronews) muestran a Assad reuniéndose con monjas y huérfanos vestidos con trajes de Santa. El ejército sirio tomó los últimos enclaves controlados por los rebeldes la semana pasada, cuando los rebeldes y civiles fueron evacuados.



A los cristianos de Alepo se unieron el patriarca ortodoxo John Yazigi de la Iglesia de Antioquía de Damasco, quien dirigió la misa. Años de enfrentamientos y bombardeos han dejado a la ciudad en ruinas, un caparazón de la bulliciosa ciudad que solía ser. El viernes (22.12.2017), los líderes de Rusia, Irán, Turquía y Siria acordaron con la capital kazaja, Astana, como sede de nuevas conversaciones de paz.




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